Estado alterado de la comunicación

Demasiadas botas Hunter en un día lluvioso para ser el barrio del Raval. Puntas muy finas y muy bien cortadas. Pelos in extremis, o muy rubios o muy castaños –tirando para el negro modernillo garrulogitanil-; muy naturales todos ellos y de chocho morenote, también, ellos todos. Bimba y Lola es la marca por excelencia y la maquina de café que tengo al lado parece que te haga incluso los deberes. Estoy en Blanquerna, una facultad de comunicación privada de esas que se llaman seiscerocero al mes de promedio si no te mojas los pies –de ahí tanta bota de lluvia, ahora entiendo-. Una universidad donde –como buen college de comunicación- reciben cada día un número equis de periódicos El País –de manera gratuita y donde a finales de jornada esos pobre muertos de asco siguen intactos.

Tengo –sin intención de cambiar de tema, aunque lo parezca- una ventaja en mi vida: mi novio es guapo y listo –a la vez-. Se preocupa por mí, me cuida y nunca -jamás de los jamases- me regalaría un bolso Misako o me forzaría a ir a la Shopping Night por mera apariencia socioadictiva. Es más, me cultiva. Nuestra relación es un pequeño huerto en todos los sentidos –gracias a Dios ¡joder!- y la hacemos crecer al natural u al modo invernadero: libro por aquí, foto por allá, cine por el otro lado, teatro en la sopa, noticiarios a la hora de comer y canales veinticuatro horas después de una noche de –las opciones las dejo al imaginario-.

Todo esto, aquí y ahora, viendo el panorama, hace que me pregunte lo siguiente: ¿Qué pasaría si dejásemos en manos de paganinis nuestro futuro? El futuro de los que no lo somos, el futuro de quienes creen en algo más que en la hipnosis a la que te somete el branding, lo dejamos en manos de futuros comunicadores que construyen su carrera en base de la no crítica de la comunicación. En manos de comunicadores incomunicados. Porque digo yo que la comunicación, el periodismo, no es una habitación con muchas bocas abiertas diciendo nada y bebiendo café suizo con aroma a avellana y regado de una leche en polvo que roza la convulsión… sino un mundo de bocas cerradas con los ojos muy abiertos ante el chance de observación que éste te brinda; manteniéndote conocedor, pero ajeno, a las modas que contaminan la percepción de cualquier tipo de sociedad posible. Definitivamente: ¡Tengo Miedo! ¡Mucho miedo!

 

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Vida y Miserias de una Periodista Legal

ImageNo me lo podía creer. Es que era muy fuerte, tú dirás… Pilla tu novio y te suelta la bala de que quiere escribir sobre moda. Te regocijas en la idea mientras un osea del tamaño de la teta de Woody Allen en Todo lo que Usted quiso saber sobre sexo y no se atrevió a preguntar pasa por tu cabeza al unísono de su cara seria, enrojecida por el vino. Entonces lo entiendes. <<Es el vino>> piensas <<No puede ser otra cosa>>  Y es que  estas perlas dadaístas solo las puede lanzar una persona en trance o una chica recién salida del horno en su deseo de jugar con Barbies que arañen, un poquito más, la realidad de la tendencia. ¿Acaso es posible escribir sobre moda y sobrevivir en el intento?

Fuimos a Hartmann y, acto seguido, a Sushi Box  -ganamos una cena hace unas semanas en el Musical María-. Mientras él pedía, yo fumaba y mientras yo fumaba, una chica –seguramente sobrepasada por los destellos de mi chaqueta- me clinchó. Me pilló por banda y me explicó vida y miserias de una periodista legal. Una periodista con titulito y ente físico dónde hundió cabeza con ahínco para sacarse la carrera; un producto de universidad que quería dedicarse al periodismo de moda. En resumen, una especie de loca.

Se me escapó una risa triste, una especie de pésame ante su deseo. Total, que sentí un poco de penilla por la chavala que no era otra cosa que lo que somos todos: unos dreamers esclavos de la imagen que nos montamos de nosotros mismos en un futuro más o menos próximo pero que siempre acabará tirando para el lado de la lejanía mientras sigamos con la premisa de que las cosas siguen como antes en un mundo como el de antes. Dónde el currículum tenía un valor y echarlo por doquier adquiría más significado que formar parte de la carnaza eventera de los afterwork del jueves.

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Porque dicen que la identidad es arte

Ayuda pides. Desde el fondo. Todo parece tan oscuro, tan difícil. Tan intolerable –tan jodidamente jodido entre lo jodidísimo…- que decides empezar a tragar agua. A matarte. A gritar que mandas todo a la mierda cuando estabas arriba, nadando, en colchoneta; copa de champagne en mano, enfundada en un triquini de Andrés Sardá y viendo la banalidad desde una de esas gafas de las que te enamoras en escaparate de Bimba y Lola, besándote por la Diagonal y cayendo en la cuenta de que te están filmando en dicha cristalera. Una mierda. Un sueño. Un sueño de mierda.

Después de años lo has conseguido. Has llegado. Escribes. Te lo piden, te lo ruegan; llegas alto. Te metes en proyectos, los elaboras tú o ellos para ti. Cuentan contigo. Cogen tu mano. Te empujan a ese no se sabe donde que no sabes de donde sacan. Tu vas, no dudas, vas y punto. La palabra estancamiento te aterroriza tanto como el adjetivo mediocre siguiendo súbitamente los pasos de tu nombre, provocando en ti la mutación al plástico más generalizado: volverte polyester. Un asco, un miedo más. El miedo nowadays de volverte delmon. Lo impides.

Te levantas por la mañana, te chutas un café bien larguito de ganas de subir a la cima por lo que eres y no por lo que debieras ser, te fumas unos cuantos Marlboros -que tiendes a dejar a medias-, finges apego por la vida y sigues caminando. Una zombie más de la calle. Una zombie más en la ciudad. Un alma sin alma más en Barcelona. Aterrorizada, atemorizada, quieta y desarmada. Sigues por el sendero de la duda o de la sobredosis mental, ese que viene mermando el querer hacer demasiado y no poder hacer nada por querer hacerlo tan bien.

Te instalas en el Word pensando que sacaras alguna espina de las que atraganta tu esperanza, pero no; solo haces que regocijarte en ese sentimiento de soledad en un submundo que crees que nadie entiende, con el que sueñas y risueñas en burbuja. Que prefieres no entender y del que eliges palpar la superficie a gran velocidad. Escribes pero no piensas. No haces nada más. Quieres creer que puedes y es mentira. La gran mentira. Tu gran mentira. ¿Cómo superarse en este mundo de sobredosis calcárea? Me siento un fósil de mis propios ideales. Presa de mi propia realidad. Indigna de mis metas.

Querer tirar de la cuerda de una forma pura u auténtica torna espejismo de algo que existió hace dos días y ya ha desvanecido. Creo saber quien soy y a donde voy. Aun no se con quien y cuando creo saberlo todo el castillo se derrumba.  Y qué esperaba ¿No? Es difícil avanzar en el proyecto de tu vida cuando todos fijan objetivos ombliguenses. Existe un yo y no es común. El individualismo no es para mí. Que Dios me salve.

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Españoles, Barcelona ha Muerto

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<<Ha tenido que pasar. ¿Estas cosas pasan porque tienen que pasar no? ¿Y a mí porqué me pasan?>> mi cabeza se transforma en subnormalidad profunda. Poniendo en duda mis valores reales, los míos, por pensar que los que me han impuesto son los correctos cuando simplemente están sobrevalorados. <<Esta gran ciudad la mía, Barcelona>> Esta gran ciudad. Está ya grande la ciudad y a mí se me queda pequeña. La ciudad está chocheando, tiene Alzheimer, no lucha por lo que fue porque ya no recuerda ni lo que es; ni el potencial que tiene. Se ha transformado en una de esas tantas siendo una de esas pocas. Es una ciudad de zombies. De cuerpos sin alma, manos sin fuerza  y corazones sin ambición. De metas rotas.

No tendría nada más que decir, de no ser por que muchos me llamarían demagoga al no mencionar – que no es no tener- argumento alguno, pero me va a dar igual. Ya me han censurado –otra vez- por expresar con libertad mis inclinaciones artísticas, proyectos, pensamientos. Por manifestarme. Han censurado un derecho del que dispongo. Me han censurado por no ser recatada. Por no ser políticamente correcta. Por no ocultarme bajo la piel de otra u otro. Han censurado mi sinceridad. Me han denunciado por no ser falsa y no seguir un rebaño. Ni poder atenerme al término rebaño por creer en la gente, en la personalidad individual. Me han arrancado la esperanza.

Queridos rusos, japoneses y demás  -que son los únicos que, al fin y al cabo, importan-: “Barcelona is Dead”

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Instinto y Un Buen Par de Cojones

Ya decía yo que el trabajo no era para mí… no cualquier tipo de trabajo, sino este del que todo el mundo habla, este del que no se encuentra, este que te hace vivir para trabajar y, muchas veces, anestesiarte para, tras el trabajo, seguir viviendo. No estoy hecha para eso, no.  Tras las conversaciones con Rómulo Sans llegas a unas conclusiones un tanto poco pasadas por la sartén y, dichas conclusiones se reducen con el más agrio de todos los vinagres: Y es que vosotros tampoco estáis hechos para trabajar, para ser subordinados ¿O sí? La verdad –y qué penita pena de verdad- muchos se dejan jadear.

El poder de aquellas cosas que no somos capaces de definir tiene más fuerza que aquello que realmente queremos ser y, me explico, es tan repetitivo el asunto, que, nenes ¡Ya cansa! Nosotros –vosotros a quienes sabéis que escribo- no tuvimos ese mismo sueño que todos los nenes que correteaban por las calles. Nos quedábamos observando, analizándolo todo, sabiendo que ese no era nuestro lugar; no me refiero que estuviésemos por encima o por debajo de una pelota de goma, una comba, o una palmada en el culo, pero nosotros nacimos libres y, en consecuencia, poderosos.

Qué gran placer es el poder elegir y qué tocada de huevos es el saber. Eliges que te gusta algo, sabes que no te puede dar de comer…  Ahí –creo yo en mis hipótesis noctámbulas- reside la clave del poder. No son mamarrachadas de El Secreto, pero si que son secretos, probablemente, míos.

Todo son valores adquiridos, consciente u inconscientemente, que hacen que te tambalees de un lado a otro sabiendo o desconociendo la mierda que vas pisando por el camino –si es que tienes la suerte de saber qué trazo es ese-. El dinero, la comida, la ropa, el maquillaje, los bolsos, carteras, cinturones. Las cenas, los desayunos, los aperitivos, el vermut del domingo en la terraza del B. En fin, las apariencias son valores. Como todos los valores puedes quitar o poner. Pongamos que somos Mr. Potato por unos minutos. Démonos el placer de arrancar o amarrar, de coger aquello que deseamos tener por valor propio y desprendernos de valores, más bien ajenos. ¿Puesto en escena? <<Sin miedo, dale caña, tu sin miedo>> me diría a mi misma en situación o a cualquier otro personaje en este tipo de crisis de identidad. Cuando ya sabes lo que quieres, sabes lo que quieres tener, y sabes también lo que debes hacer para obtenerlo.

Hacerse caso ya, es la parte más difícil. No recuerdo muy bien si a ese tal Mr. Potato se le podían arrancar de cuajo los ojos –menudo juguetito más gore- pero a las personas no. Pongamos que decidimos dedicarnos a nuestros sueños, que lo hemos decidido, que somos –medio- conscientes del riesgo y queremos, ya, tirarnos a la piscina ¿No vas a cerrarte el Facebook, no? ¿Y el Twitter? Tampoco… ¿Qué me decís del Pinterest? ¡Uy, cuantas cosas! Cuanta gente, cuantos deseos, cuantos valores ajenos que nos apropiamos sin saber el por qué al clicar Me Gusta, Follow, Follow this Board, Like this Pin, Retweet, Compartir y mil polladas más que no vienen ya a cuento. ¡Cuantas cosas te gustan sin ser siquiera tuyas! Y así te pasas el día: soñando. Soñando en todo aquello que querrías para ti y tiene otro dueño. Soñando en vez de reunir el valor suficiente para cumplir tus sueños. No teniendo los cojones a renunciar a esa comodidad –no tan cómoda, que se den por aludidas las parejas, familiares y amigos de dichos sujetos-para meterte, corazón en mano,  en tu lucha. ¡Que no tienes huevos y punto! Pasan horas y horas y sabes más lo que hacen los demás que lo que a ti te gustaría hacer o, ya poniendo drama en el tema, planteándote quién coño eres y porqué te relacionas con personitas que no tienen nada que ver contigo pero que te encantaría ser ellos sin saber quien eres tú. Empieza por recuperar tus piezas, ser auténtico. Dejar de fingir ser otra persona, dejar de andar sobre el carbón ardiendo que supone tirarse pedos más grandes que el culo. Deja de aparentar. Encuentra tus valores y déjate vivir ¡Coño! Así, tal vez serás alguien para ti.

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Tiempos tristes: La era de la no voluntad

Salí del metro. Tranquila. Sabía que llegaba tarde igual que sabía que me iban a esperar. Mi cabeza no estaba mucho por la labor y no dediqué tiempo en buscarlas. Unas cuantas miradas por aquí y las encontré. Lebowtie y Denisse juntas, pero no revueltas. << ¡A ver! No puede ser… ¿Mario Sorrenti es el ex de Kate Moss?>> prengunté –una manera como cualquier otra de decir hola- <<No sé quien es Mario Sorrenti>>  contestó Denisse con cara de pulgas no demasiado buenas, empecé a caminar y, por el camino, abracé, besé y salude a ambas.

Por Hospital Clínic, al parecer, no había demasiado bareteo de supuesta cualité, por lo que decidimos ir a la mayor calidad: El bar manolo. El manoleo es la mejor forma de conocer a la gente de forma distendida, Imageno tienes porqué aparentar nada ni fingir que eres nadie –o alguien, en todo caso- simplemente estás, te tomas una mediana o una light, compartes y despotricas. Si estás en moda, esto ya puede ser el colmo. De todos modos, nosotras no despotricábamos sobre moda… Si es entre mujeres… El tema muchas veces se desliza muy sutilmente hacia una recurrencia más bien precoz: Los Hombres.

Empezamos a hablar de lo guay que era la pasarela Gaudí, en la que el padre de Denisse había trabado y yo había ido con mi madre de pequeña, después de la estúpida competencia que mantenían con Cibeles y de la decadencia que cosas como 080 y The Brandery marcaban en el territorio del trendy barcelonés; <<En Italia no hay una pasarela de Roma y otra de Milán y en Inglaterra no hay un Londres y un… ¡Yo qué sé! Manchester>> decía Lebowtie. Después de eso… no me preguntéis ni cómo ni cuando ni porqué, pero el rumbo desvió hacia Facebook, novios y diversas víboras que intentan, por todos los medios, quitarte al churri a la mínima de cambio con sus armas de destrucción masiva rusas –Bombas rubias, con mucha teta, piernas largas y mucha cabeza para la estrategia cuernil-. Yo decidí subir a casa de Denisse a darle un poco de caña a la comunicación de la expo en la que estoy trabajando y ella me hecha un cable. Lebowtie nos invitó a las cañas, nos despedimos y subimos a la comuna hippie de Denisse.

En cinco minutos estábamos revoloteando por la terraza haciendo fotos, yo pegando botes, enganchándome de cuerdas, subiéndome a las paredes, besando una estatua –horrorosa por cierto- tan solo cubierta por un top de H&M degradé en rosa y blanco. Es decir, en pelotas. Nos parecía divertido. A mí me subía la adrenalina solo de pensar lo que estaba haciendo y relacionarlo con Generación X o Kate Moss Machine. Pero al volver, una vez sentada en el autobús, comiendo jamón cocido Campofrío y leyendo me di cuenta. ¿Y qué tengo yo que ver en todo esto?

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Corazones gripados y Pelos grasientos

Image<<Y qué mas da, me pregunto yo>> Esta vez no había coches, ni campos, ni carreteras, ni bosques, ni heladerías por medio. Estaba yo, allí, en su casa. Tenía veintidós años y ya tenía casa propia –algo que no está mal cuando en unos meses se acaba el mundo-, las ideas supuestamente claras y no quería hacer el amor con alguien del que no estuviese enamorado. <<Porqué pierdes el tiempo queriéndome a mi, en vez de encontrando a alguien de que quiera estar contigo>> de ahí viene el <<Y qué mas da>>.

Por muy su casa –y no su coche- que fuese, para variar, me invitó a irme; yo me negué pero tan solo cinco minutos. Su argumento para echarme era que no podía contestarle a ninguna de sus preguntas, no podía ofrecerle conclusiones sobre la revolución francesa, la segunda guerra mundial, el amor, la atracción… No podía siquiera explicarle porque quería seguir allí, tumbada en el sofá, mirándole yendo de un lado para otro con tal solo su camisa y tocando su pelo –que robaba ya a lo grasiento-.

Cuando pasaron cinco minutos, me levanté, me calcé aquellos preciosos pantalones de gasa floreada, las sandalias y cogí el Dolce dispuesta a irme; una vez en la puerta –y él aun sin nada abajo- me dijo <<Puedes quedarte si quieres>>. Me quedé cinco minutos más provocando que me echase de nuevo al encenderme un cigarro. No le dije nada. Ni adiós, simplemente me fui y encendí a Lana. <<Porqué pierdes el tiempo queriéndome a mi, en vez de encontrando a alguien de que quiera estar contigo>> ¡Buf! ¡No podía quitármelo de la cabeza! En principio, ya lo hacía –buscar a quien me quiera-.  O tal vez… ¿Estaba demasiado pendiente de los chicos equivocados?

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Cómo se llega a ser lo que se es

He visto el video, Sí. Me has parecido penosa
¿Penosa?
Sí, penosa.
¿Pero qué has visto del video?
Un enlace en tu muro con un logotipo y una serie de personas haciendo así como…
¿Me has visto a mí? ¡Tengo más videos! ¿Qué video has visto? ¿El que simula Jersey Shore?
Sí, ese
¿Sabes lo que es Jersey Shore?

¡Ah! Tenía la esperanza de que no supieses lo que era, pensaba que podía existir alguien que no lo supiera…
Yo lo sé todo
¿Entonces ves la tele?¿Qué ves?
Ahora no la veo tanto, la verdad…  Las noticias, 3/24. La bolsa. Ver lo que la gente apoya y lo que la gente menosprecia. La Coca-Cola… Las Autopistas… ¿No te parece importante tener autopistas? ¿Qué pasaría si no tuviésemos autopistas y tuviésemos…?
¿Coca Colas?

Me bajé del coche, dando los botecitos propios de cuando salgo del coche tras haber estado con un chico -algo que ya he comentado varias veces-. Me paré en el momento de abrir la puerta del portal, hacía calor, oía a los niños corretear por la calle siendo la una de la madrugada; definitivamente, quería una Coca-Cola. Fui a por ella.

Una light ¿tenéis? ¿O ya habéis cerrado caja?

Mi carita de pena habló por mí; necesitaba esa Coca-Cola. Me miró conociéndome, sabiendo que era habitual que me presentase a esa hora pidiendo algo que, posiblemente, no tenían o no les quedaba, la mujer buscaba y buscaba en la nevera. Empecé a sudar cuando me dijo que no les quedaba light de lata y pregunté por cero pero tampoco. La pedí de botella, me la abrió y pedí otra para mi madre. Las cogí, ambas abiertas y le pegué un trago a la cero mientras preparaban el cambio. Caminé con énfasis, subí espitosa las escaleras de mi casa, me miré con aquellas mallas del Retro City, la nadadora negra, el bolso rosa y dorado, las sandalias de purpurina de los chinos y esa jodidamente apetitosa Coca Cola. Mi mano se elevaba, como queriéndole dar paz a alguien, como queriendo que alguien me perdonase, como queriendo que estuviesen contentos conmigo. Que me sonriesen. Que me quisieran. Yo solo llevaba una Coca Cola… Una sonrisa, por un refresco. La felicidad en una marca y mi perdón con ella.

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Tardes de censura y chupitos de amargura

Son tantos los días de mamarrachada, que ya no me cabe más nicotina en el cuerpo. Intentar convencerse de que tu alrededor es sano no se yo hasta que punto podría ser enfermizo pero, qué le vamos a hacer, estamos lejos de quienes somos realmente, y el camino que ocupan nuestros pasos se ve definido por aquello que nos va sucediendo a medida que tropezamos al toparnos, de repente, con una ladera.

Un jueves aburrido, muy aburrido, dentro de Imageuna semana ajetreada, muy ajetreada. Uno de los amores de mi vida ha vuelto de Francia, otro de Grecia, he vuelto a relacionarme –sanamente- con mi ex novio –soy un poco estúpida, pero sé perdonar, o al menos eso creo-, he descubierto una figura importante del off road y un filosofo que parecería no ser de pegatina me ha dado en la nuca con sus ideas. Pero hoy es un jueves aburrido, es Agosto, hace calor, y solo puedo hablar con mis vestidos mientras me gritan que los cuelgue para que, al menos, dentro de ese aburrimiento, mi aspecto sea dos o tres veces superior al decente, eso que me llevo –y nada que me aporto-.

Al intentar olvidar lo aburridísimo que esta siendo este cuarto día semanal, me imagino en situaciones insólitas, para mi normales, para otros raras –para el filosofo creo que no llegarían a ser ni situaciones, ya sabéis, esta gente tiene, ya no pájaros, sino dinosaurios en la cabeza-; me imagino en Nueva York con Raúl, me imagino de la mano de un hombre que me quiere, me imagino con un trabajo bajo el brazo, con belleza en la cara, con un culo más pequeño, con un gato al que acariciar, con una agenda en la que ya no me quedan citas… ¡Son tantas cosas las que me imagino! En este jueves aburrido… Por no pensar en hombres ni en corazones rotos que acaban por ser platos.

Estoy quieta en este jueves insoportable, estoy sola dentro de sus horas, soy presa de cada uno de sus segundos y, de mientras, nadie me ofrece un mejor plan que intentar nadar en mis ideas- por no ahogarme en el vaso que supone el corazón-. De mientras, ahí fuera, imagino una vida, llena de ropa interior y fotografías, a guitarras y pandereta, donde mi voz grita lo que quiere, donde vive, deja vivir y quiere hacerlo.

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El parisino Señor Roca y sus pantuflitas Louboutin

Image<< ¡Por fin viernes!>> debería estar gritando junto a mis grandes amigos y amigas en algún bar considerado cool bajo su criterio y con un grado menos de sinceridad en mi voz –y porque me daría vergüenza hablar de la sinceridad de mis palabras en sí-.

Total, que estoy en mi casa, de viernes, sentada en la taza del wáter con un Marlboro en la boca cuyo humo hace que medio cierre mi ojo izquierdo. Los viernes son eso para mí, un experimento, un día de luto semanal; peor que el domingo y –para colmarla un poco más- mucho más terrorífico que el lunes.

Estaba yo tranquila, después de que papá y mamá se fuesen a dormir, haciendo un poco de beauty  en este espacio tan ameno, el baño y, como quien no quiere la cosa, una idea ha atentado en mi cabeza: <<El baño, como espacio de reflexión, en tu peor día de la semana. Nena, puede ser una buena oportunidad…>> -parece raro, pero cuando hablo con mi consciencia siempre me trata de nena, será que me quiere al mismo nivel que los ciclados de las películas que ponen a sus churris en peligro pero insisten en que se crean la mentirijilla de que están a salvo-.

Pues que he ido como una flecha al salón comedor con el que todo obrero cuenta en su casa y he abrazado mi Vaio mientras le decía <<Vamos a jugar, tu y yo, ahora, en el baño, nene>> -sí, tengo una relación tormentosa con él-. Me he bajado los pantalones del pijama, las bragas no porque para dormir no llevo, y me he sentado cómodamente en la taza, acurrucándome, sabiendo que el tema este experimental que me viene a medianoche daría para largo.

¿La reflexión? Todo es empezarla pero ¿no os da que a veces es innecesario? ¿No os da que a veces es mejor guardar el polen de los momentos para que cuando pase un tiempo  emborracharte en el momento que realmente lo necesites? ¿Qué es mejor decírselo a un amigo que ha estado preocupado porque has desaparecido del mundo dos días y que nadie sepa porqué?

En un momento en el que Facebook, Pinterest, Twitter y YouTube dominan la movida –no madrileña- ¿Qué más hay que decir? ¿Qué te puedo yo contar? ¿Qué estuve en un evento fabuloso y súper chupi guay el jueves y de rebote en otro? ¿Que qué opino sobre las pantuflas –Louboutins-  con tachas en la punta muy del rollo Kubrik?

Definitivamente corroboro al más puro estilo de mi amiga, y compañera de los viernes Lydia Lozano, que el WC no inspira para hacer, inspira para imaginar, y no para imaginarte momentos vividos, sino para recordarlos, pero no para plasmarlos ni para volverlos a vivir. Corroboro que la idea de que la inspiración no se busca sino que te encuentra es cierta, en el caso del terreno personal. Corroboro que si la buscas te bloqueas y si te bloqueas es que quieres mejorar. Corroboro la experiencia que, desde aquí, es lo único que se me viene a la cabeza contar.  Y para hacerlo más bonito, para implicar una moraleja en este texto de mierda sin sentido, algo puedo concluir: no pienso volver a hacerlo; porque ¡joder! solo puedo imaginarme el absurdo de un váter de anuncio que me habla, calzando las dichosas zapatillas de andar por casa, diciéndome  <<Aquí no tienes nada que hacer, mon amour>>  mientras expulsa el humo de su Vogue.

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