Merry (a secas)

Se acercaba la navidad y como siempre, venían los preparativos. En los escaparates los maniquíes lucían sus mejores galas, en las calles el cielo era interrumpido por luces de todos los colores y los vagabundos estaban ya peladitos de frío rogando desesperados bombones de licor a los papa Noel que deambulaban por las plazas. Sin quererlo ya era día veinticuatro; como todas las noche buenas abríamos la tienda hasta las siete u ocho de la tarde, justo cuando caía la típica clienta que aún no tenía la prenda perfecta para esa noche en la que venían sus amigos a casa –o simplemente, dada la clientela de la misma, tenían la suma necesidad de comprar otra cosa, no porque la anterior prenda no les convenciese, sino por pura necesidad-. Mi padre iba a la pastelería Can Martí a buscar los turrones –como adoro ese turrón de jijona… ¡Es el más bueno que he probado jamás! Si vais a Castelldefels algún día acordaos de mí y del turrón de jijona de la Can Martí. Si es necesario, preguntad. Todo el mundo conoce esa pastelería- mientras yo acabo de ayudar a mi madre y… Bueno, solía esperar al noviete de turno pero, actualizando fechas. Digamos que esta vez, me toca estar sola en la fiesta y no pensar en nadie. Esta vez no podré escaquearme y estaré obligada a pensar en mi familia y estas cosas que se suelen hacer en noche buena.  Vamos en coche por la ronda litoral, pasamos por al lado del cementerio de Barcelona, al lado del puerto –un cementerio que desde bien pequeñita puedo reconocer aun con los ojos cerrados; su olor no pasa precisamente desapercibido- para más adelante adentrarnos en el viejo paralelo. Pasaremos por delante del teatro Arteria y sé que bastantes serán los recuerdos que me rondarán, laborales y amorosos en la misma escala de importancia. En el parking Riera Alta nos esperan mi hermana y Javi, su novio y compañero de piso –seguramente estarán hablando de algún tema interesantísimo, como que mi hermana tiene que apretar menos los California Rolls cuando hace sushi- entonces todos, abarrotados con bolsas enormes repletas de regalos, vinos, turrones y champagne nos dirigimos a la Plaza del Padró, la antigua casa de mis abuelos, mi madre y actualmente la casa de mis tíos, Mario y Teresa –Un Escritor esotérico y una pintora surrealista, creo que con estos datos os podéis imaginar el piso-. Una vez arriba picamos al timbre del principal primera y nos abre Teresa y Margarita, su hija a su vez sobrina de mi madre y mi prima; los hijos de Miquel – hermano de margarita, y mi primo- corretean por los amplios pasillos de ese hermoso y amplio piso de una Barcelona antigua, digno de lo que solía ser un piso principal en los años treinta. Mi madre, mi hermana, Javi y yo corremos a esconder las bolsas en la habitación de los regalos –ya que Papá Noel no se dejará caer por el rabal hasta las doce, y esto sin contar las veces que le intentaran robar todo o se parará a dar discursos a los yonkis sobre lo mal que está hacer esas cosas-. Dejamos los alimentos en el pequeño comedor de al lado de la cocina y juntos vamos al salón, donde la familia nos espera con una mesa reluciente lleno de manjares navideños y demás –yo me preguntó dónde estará el melón y porqué demonios no se dignarán a cortar el jamón en láminas más finas-.  Nos sentamos a la mesa y esperamos a que mi primo llegue desde Francia con Elie y su hijo, Mariano. Nos morimos de Ganas de ver a Mariano. Todos picotean y hablan un poco, yo no dejo de recordar las anteriores navidades en las que mis parejas no me dejaban sentirme sola, o mi abuelo estaba allí para bailar Jazz con mi madre y contar sus historias interminables. Suena el timbre. Dani, Elie y Mariano ya están en casa. Son las once, tenemos una hora para cenar y deleitarnos con lo que nos traiga el gordo .

Margarita, Miquelet, Virginia y Mariano ya se están quejando, quieren que el reloj dé las doce de forma inmediata y… ¡tan solo son las once y cuarto! Falta el cochinillo y los calamares rellenos –especialidad de mi tía- por lo que podemos quemar el tiempo de forma, para algunos, productiva.  Las discusiones sobre racismo, los chistes verdes, cínicos y la política toman la mesa, y junto ellos, los resoplidos de mi madre, que no soporta estas situaciones tan… ordinarias. El tiempo pasa volando, y nos damos cuenta de que son las doce cuando los niños están casi al borde de un ataque epiléptico –qué tiempos aquellos en que deseabas que una Barbie llenase tu corazón, o su coche, o su armario… ¡O puede que su nueva casa en Malibu!-

Como los últimos años, los mayores nos quedamos en la mesa, o bien optamos por ayudar a los niños más pequelos a abrir sus regalos. Para todos algo diferentes, hay incluso disfraces de V de Vendetta – ¿a quién se le ocurre meterle tales ideas comunistas a un niño de apenas seis años?- . A mí me han tocado unos mini pendientes. A mi madre un perfume, un libro, una agenda y unos bolis special edition de Jordi Lavanda. A mi padre algún Best seller de politiqueos o narrativa sudamericana y a mi hermana lo de todos los años, su go snob bag de cuero –a la pobre siempre le regalan lo mismo, si cambiasen de diseño ni que fuera-.

AL poco la discusión se hace más sombría -¿Será que hemos pasado del Don Perignon de mi madre al Anna de Codorniu Brut de mi tío?- y decidimos irnos. No sin antes despedirnos, darnos mis besos, abrazos y perdonarnos por todas las estupideces dichas, y aun por decir. Porque al fin y al cabo, el mejor regalo que puedes hacer –y quede claro, no solo en navidad- es perdonar.

 

Esta entrada fue publicada el octubre 25, 2010 a las 1:51 pm. Se guardó como ABOUT, EVENTS, PEOPLE, POSTS, POSTS, POSTS, TRENDS y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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